Cuando pensamos en el champagne o en el cava, siempre imaginamos burbujas finas, elegancia y claridad cristalina en la copa. Sin embargo, eso no siempre fue así. Hubo un tiempo en que este vino era turbio, inestable y difícil de perfeccionar. Todo cambió gracias a un invento tan simple como brillante: el pupitre. Al elaborar el champagne, se produce una segunda fermentación en botella que es la que genera las burbujas. Este proceso deja un residuo natural: las lías, formadas por levaduras muertas. El gran desafío era cómo eliminarlas sin perder presión (imprescindible en un espumoso) ni calidad. Antes de la invención del pupitre, los métodos eran poco eficaces. El vino quedaba turbio o requería de trasiegos que afectaban su frescura. Era necesario encontrar una solución más precisa. Madame Cliquot Posardin dio, a principios del siglo XIX, con una idea que transformaría el mundo del champagne para siempre: colocar las botellas en una estructura de madera con agujeros, inclinadas y en po...
Creatividad e innovación
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