30 marzo 2015

Cuestión de modas




Numerosos turistas visitan Barcelona, la ciudad en la que vivo, atraídos por las casas modernistas. De hecho, una de las rutas más comerciales es la que se denomina Ruta del Modernismo. Hasta los propios ciudadanos nos hemos unido en el reconocimiento a las magistrales obras de este peculiar estilo arquitectónico.  

Poca gente, en cambio, conoce que el Modernismo tuvo un tiempo que fue un estilo muy denostado. De hecho, los principales edificios de la ciudad que tenían esta tendencia fueron injuriados y mutilados al considerarse aberraciones arquitectónicas. 

Efectivamente, las nuevas tendencias (el Novecentismo) fueron muy virulentas con el Modernismo, al que vino a suceder. Se consideraba de mal gusto las representaciones más llamativas del movimiento ahora denostado, y muchas tiendas y comercios fueron transformados y reformados con una forma más austera, discreta y aburrida. 

Durante muchos años, ni siquiera el mismísimo Gaudí se salvó del desprecio generalizado y fue necesario esperar bastantes años para asistir a su reivindicación. 

Hoy, curiosamente, nadie en su sano juicio (incluidos los locales) se atrevería a proferir una sola palabra contra este peculiar fenómeno artístico que es el Modernismo. 

Y es que cuando algo triunfa incontestablemente, resulta más sencillo subirse al carro.

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