08 noviembre 2014

La eficacia de las conexiones improbables




Muchos apasionados de la creatividad defienden que las mejores ideas siempre han surgido de la conversación entre disciplinas remotas. Efectivamente, las mejores ideas la mayoría de ocasiones no tienen que ver con un rapto de ingenio sino con una larguísima cadena de acontecimientos y, sobre todo, con la colaboración entre muchos personajes que ni siquiera se conocen.

El método se denomina “de conexiones improbables” (long-zoom approach to history) y es más evidente si se analizan algunos de los innumerables casos que se han producido a lo largo de la historia. Ello nos ayuda a entender la mecánica de la innovación.

Por ejemplo, examinemos cómo la venta de gafas se revolucionó por la invención de la imprenta. En efecto, del desierto libio a las estanterías de libros, la relación entre el descubrimiento del vidrio en aquel territorio y la historia de la literatura están más ligadas de lo que parece.

Desde las arenas de Libia, la sustancia se condujo hasta el Imperio Romano. Ya en 1204 un grupo de fabricantes de vidrio turcos se instalaron en Venecia, pero los fuegos que empleaban para crear ornamentos de cristal solían incendiar sus casas de madera, por ello fueron destinados a la Isla de Murano (una especie de Silicon Valley del cristal, donde se revolucionaron las técnicas gracias a la cooperación).

Los monjes comenzaron a emplear vidrios como lupas para leer los textos que estudiaban. En el norte de Italia se crearon las roidi da ogli (discos para los ojos), las primeras gafas tal y como las conocemos. En aquella época la gente tenía los mismos problemas con la vista que ahora (o más), pero las hipermetropías todavía no interferían en su día a día. Hasta que la imprenta de tipos móviles de Gutenberg entró en escena en la década de los cuarenta del siglo XV.

Es del todo evidente que la revolución Gutenberg abarató los libros y empezó a democratizar el conocimiento, pero además revolucionó también la industria de los anteojos: hasta ese momento eran inaccesibles, un símbolo de estatus, pero se empezaron a buscar vías para abaratarlos. Esas nuevas ideas reorientaron todo el conocimiento: si alguien no hubiera descubierto esos cristales en Libia, el Renacimiento podría haberse demorado muchísimo más.

Hoy a todos nos parece obvio el caldo de cultivo de la colaboración en los centros tecnológicos actuales como Silicon Valley, pero desde siempre las mejores ideas han surgido de la conversación entre disciplinas remotas.

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