
Sí, sin duda. Para ello conviene cuestionarnos nuestras propias actuaciones, mirándolas con ojos diferentes a través de los clásicos: qué, por qué, para qué, cómo, dónde. Se trata de relacionar, combinar, extrapolar, hacerse preguntas, etc.
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La innovación es, sobre todo, un saber hacer, un conocimiento práctico basado en la capacidad de transformar las cosas (lo cual require una continua predisposición al cambio, a dejar de hacer cosas para hacer otras diferentes).
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Los motores de la innovación son la tecnología (las tecnologías de la información y la comunicación), el conocimiento (que se nutre de información, de la formación y de la comunicación) y, además, de la socialización a través de la cooperación (esto es, la innovación no acaba con el talento individual sino que lo pone en valor a través de dicha socialización).
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Por eso, la cooperación es una elemento movilizador en la medida en que es estructurado y sistemático.
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Efectivamente, la innovación no surge espontáneamente sino que es necesario trabajarla intensamente con rigor, método y constancia.
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