Cuenta la leyenda que un indio, abrasado por la fiebre, se perdió en una espesa jungla de los Andes. Allí, a altitudes superiores a los 1500 metros, crecían diversas especies del árbol cinchona (llamado por los indios "quina-quina"), siempre al amparo de las laderas húmedas de las montañas.
Mientras el indio deambulaba por la selva, encontró por azar una charca de agua y, desesperado, se lanzó al suelo de la orilla para beber agua fresca. El amargo sabor de ésta le llevó a pensar que el agua estaba intoxicada con la corteza de los árboles de quina-quina vecinos, los cuales creía venenosos. No obstante, el indio prefirió aliviar su abrasadora sed aun a riesgo de las posibles consecuencias mortales que ello pudiera tener.
Para su sorpresa, no el agua no le causó ningún daño; de hecho, su fiebre remitió y, recuperado, fue capaz de encontrar el camino de vuelta a su poblado con una renovada energía.
Tras contar la historia de su curación a sus parientes y amigos, sus colegas empezaron a usar los extractos de la corteza de quina-quina como remedio para curar la temida fiebre.
La fiebre era causada por la malaria y la sustancia química contenida en la corteza de los árboles era la quinina.
La noticia de este descubrimiento se difundió entre la población nativa y quizá llegase a los misioneros jesuitas a comienzos del siglo diecisiete.
Esta leyenda, de ser cierta, confirma que incluso en las sociedades primitivas la "sagacidad" permite razonar a partir de un accidente para producir un descubrimiento de repercusión a escala mundial.
Desafortunadamente, la autenticidad de esta leyenda no puede verificarse, aunque es seguro que descubrimientos casuales han sido realizados con cierta frecuencia. Serendipia en estado puro.
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