
Nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos. La madurez nos vuelve rígidos, prisioneros de la armadura que hemos construido a nuestro alrededor para protegernos de los ataques del mundo exterior.
Dejamos de jugar. Por eso, la vida ya no es tan divertida para muchas personas. El juego es un bálsamo contra la rigidez, contra los automatismos y contra la idea de que nuestra personalidad es inmutable.
.
Y muy cerca de todo ello, la actitud aventurera, el afán por descubrir, la facultad de reinventar. Conviene redescubrir la capacidad de sorprendernos.
Comentarios
- David